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Entendemos la comunicación, como el encuentro en lo común

Biedo, Glups¡¡

Biedo, Glups¡¡

Si el miedo aparece en tu vida da lo mismo que sonrías como si  quisieras convencerle de tu inocencia y da también lo mismo que tiembles aunque con eso pienses que le ablandarás las intenciones.

Puedes también contarlo por ahí, incluso a tus amigos porque pocos creerán que es para tanto, pero de lo que puedes estar seguro es de que te ha pillado, por lo menos para un buen rato.

         De rápidos reflejos es el miedo y aunque tiene un aparecer fluido su despedida se puede demorar en un tiempo interminable, vamos que no se va ni aunque quieras convencerle de que ¡ tachán ¡ ya está, ya he aprendido, ¡ no es necesario que sigas aquí ¡ mira a ver si te necesitan en otra parte que yo ya me arreglo solo, y como arriba, puedes estar seguro que te tiene pillado y el mal rato sigue todavía.

 

         De repente un rayo de luz ilumina y aclara tu mente, por fin has encontrado la respuesta, la solución, pero como no te lo crees ni tú, miras de reojo hacia ese lugar que ocupa tu acompañante incómodo con la esperanza de que se haya largado, pero imagínatelo. Puede que se esté limando las uñas o sacándose de entre los dientes con un palillo las fibras correosas de la última situación en la que sintiéndote impotente se te acababa de requetemerendar y viéndote tembloroso, tierno aunque rígido, sonríe, parece que tiene la pitanza asegurada. Vamos que la vida es bella.

         Pero tú tranquilo, no puede acabar contigo del todo porque se queda sin chollo, eres la única razón de su existencia. Vive en ti, por ti y para ti.

         Se ha convertido el miedo en compañero, que ya por viejo entrañable, con algo que ya es de nuestra propia sustancia, no existe tiempo en toda nuestra historia que podamos recordar sin su sempiterna presencia, paciente como él sólo, elegante y descarnado, nos despieza con familiaridad y deleite cada vez que encuentra el hueco, que por vacío, le invita a una fiesta que nosotros hemos hecho suya.

         Nos conocemos desde que tenemos conciencia, ya en el mar íntimo de nuestra madre tuvimos nuestro primer anticipo, todo lo que encogía, sobrecogía y afectaba la meteorología de nuestro cálido y latente universo, nos hablaba del miedo de nuestra madre, pariente lejano de una presencia que se iba forjando con entidad propia y por simpatía estaba creando un doble, que como el color de los ojos o los rasgos físicos, hemos heredado en una suerte de extraña maldición, y que crecerá con nosotros, dentro de nosotros y para nosotros.

        

El miedo se aprende.

        

A partir de aquí las novedades que vayamos descubriendo, en un mundo que se revela poco a poco, llevarán adosada su dosis de miedo, y se autodosifica para que crezcas y con ello aumentes el reto que supones para él. Podría sin demasiado esfuerzo mostrar todo su poder y disolverte en un solo amago, pero no. Le gusta que te revuelvas, que no te rindas porque así se aplica y va echando mano progresivamente de sus artes y su ciencia.

Cada vez que te enfrentas y le plantas cara en las situaciones en las que ya no quedan opciones se retira, un poco, tímidamente, para que recuperes la confianza y el resuello. No lo hace porque le hayamos vencido no, lo hace porque no le estimulan los rendidos, no le producen morbo.

El miedo impulsa.

          Casi todas las proezas realizadas por la Humanidad han tenido como motor principal el miedo. Son famosas las “huidas hacia delante”, el miedo a lo conocido (por malo) ha tenido también sus dosis de protagonismo y claro no podemos dejar en el tintero el conocido “salto al Vacío” *, sinónimo de situación evolutivamente desesperada en la que nos vemos forzados y digo bien forzados, a dar un paso en un terreno que no conocemos y que nos hace exclamar “que sea lo que Dios quiera”, total, peor no puedo estar.

* Antes se creía que el salto al vacío era un salto a ciegas y con resultados no predecibles, actualmente, los sesudos del tema añaden un nuevo elemento que disipa las dudas pero no el sentimiento de incertidumbre y son las famosas “coordenadas”, que las dejamos para una próxima colaboración.

El miedo paraliza.

         Como animales que somos, nuestro sistema nervioso puede desde hacernos reaccionar violentamente hasta dejarnos inmovilizados, sin capacidad de reacción. “Entre la espada y la pared” resulta una expresión significativa.

El miedo se contagia.

         No duda en señalarnos a sus paisanos que realizan su labor con celo y el panorama que se nos presenta nos evoca situaciones parecidas en las que nos debatíamos y aumenta nuestra aprensión, nuestra sentimiento de incertidumbre e inseguridad.

El miedo lo reconocemos en los demás.

         En esta suerte de simpatía no son siempre nuestros miedos los artífices de nuestra desazón, es más, en ocasiones ni nos acordamos de que exista. Pero como vibración que late y pulsa la podemos percibir en los demás, asfixiando a cualquiera de nuestros semejantes y casi sin darnos cuenta nos encontramos en la misma longitud de onda y de esta forma lo ajeno pasa a ser propio.

El miedo lo utilizamos contra los demás cada vez que recordamos el nuestro.

         Realmente el miedo paraliza, acogota, aprieta hasta impedirnos respirar, pensar, digerir, dormir. Es de tal magnitud el sentimiento de inoportunidad, de impotencia que puede despertar, que para curarnos en salud, hacemos responsables a los demás de nuestro propio miedo. Pero si tanto nos afecta, aún y cuando la situación miedosa no sea de nuestra propiedad; ¿no será que propio o ajeno, solo nos afectan los miedos que no hemos podido superar?. Entretanto y si no tienes otra cosa que hacer, te sugiero que le mires la etiqueta a este nuevo envío, seguro que pone tu nombre.

                                                        Salud.

                                                                           Brihaspati.

Entrevista en EITB (en euskera)
Psicología y Yoga